Durante varias jornadas en la costa valenciana, el mar se convirtió en el punto de encuentro entre ciencia, sostenibilidad y futuro. Estudiantes del consorcio EWE Consortium, seleccionados para sus próximas movilidades en Europa, vivieron una experiencia formativa que fue mucho más allá de una preparación técnica: fue una forma de mirar el mundo —y el océano— desde otra perspectiva.
Desde Dénia hasta el Puerto de Valencia, cada jornada se diseñó como una inmersión en el entorno marino, combinando conocimiento científico, reflexión y convivencia. Todo ello de la mano de la Fundación Oceánica, en colaboración con el consorcio, acercando al alumnado a una forma de aprender basada en la experiencia.
Porque antes de salir a Europa, también es importante entender el entorno que nos rodea.
A lo largo de las sesiones, los estudiantes se adentraron en el océano desde múltiples miradas. En el laboratorio, observaron fitoplancton, zooplancton y microplásticos, descubriendo ese mundo invisible que sostiene la vida marina y que, al mismo tiempo, refleja el impacto de nuestras acciones. Incluso los líquenes se convirtieron en aliados inesperados para entender la calidad del aire y la huella de la contaminación.
La ciencia también se vivió en movimiento. El efecto Venturi dejó de ser un concepto teórico para conectar con la navegación a vela, la aviación y nuevas formas de transporte más sostenibles. Y en los talleres de oceanografía experimental, el alumnado pudo comprender cómo los vertidos afectan a propiedades como la densidad o la alcalinidad del agua, acercándose a los retos reales que enfrenta el océano.
Poco a poco, el mar dejó de ser un paisaje para convertirse en un sistema complejo, dinámico y vivo.
Las jornadas también invitaron a mirar el entorno con otros ojos. A través de recorridos divulgativos por espacios como La Marina de Valencia y visitas a la Cofradía de Pescadores de Valencia, los estudiantes conectaron ciencia, historia y actividad humana, entendiendo el valor cultural y social del mar, además de su importancia ecológica.
Entre talleres, conversaciones y experiencias compartidas, se fue construyendo algo más profundo: una conciencia.
Porque estas jornadas no solo preparan movilidades. Preparan a personas. A futuros profesionales capaces de tomar decisiones con criterio, de entender el impacto de sus acciones y de formar parte de un cambio necesario.
Al final, lo que queda no es solo lo aprendido, sino la forma en que se ha aprendido.
Y ahí es donde empieza todo: en la curiosidad, en la experiencia… y en una nueva manera de relacionarnos con el mar.
